sábado, 17 de noviembre de 2012

El cantar del lobo V

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Kendrick se incorporó de la cama al notar el filo acero oprimir su cuello, pero el arma presionó con más fuerza y eso lo inmovilizó.
—¿Quién sois vos? –le preguntó una voz femenina.
Al principio, a Kendrick la oscuridad reinante en la habitación le impidió advertir de quién se trataba, entonces el gruñido de un lobo le indicó que la princesa Adele era la propietaria de esa fría voz.

—¿Alteza? –Kendrick se movió inquieto aunque controló su rabia—. ¿Podéis retirar vuestra daga de mi garganta?
Durante un instante, Adele vaciló sobre la decisión a tomar. Desconocía quién era aquel hombre y con seguridad había sido un buen soldado de su padre. Así que no podía confiar en él.
—No –contestó Adele con voz firme.
—Entonces, no me dejáis otra opción.
Con una patada golpeó a la joven en el estómago, la muchacha se tambaleó hacia atrás y cayó sobre su lobo. El capitán saltó de la cama y agarró su espada y la apoyó sobre el pecho de Adele. 
—¡Ordenad al lobo que no ataque! –exigió Kendrick al ver al animal zafarse de las faldas de su ama y disponerse a atacar.
—Sombra, ¡quieto!
—Ahora –dijo el capitán—¿Me explicaréis qué hacéis aquí?
Adele había enrojecido por la ira y sus ojos brillaban con más odio de lo que nunca había sentido.
—¿Así tratáis a vuestra princesa? –le recriminó ella.
—A una que ha intentado matarme mientras dormía –Kendrick alzó los hombros—. Sí.
La joven sujetó al lobo y le indicó por señas que se retirara unos pasos.
—Tu amigo está nervioso.
—No es mi amigo, Sombra es mi hermano.
Kendrick no respondió, pero empezaba a creer que quizá el rey Sirkan estuviera en lo cierto, aquella joven podía ser una bruja. Solo le bastaría un movimiento para matarla, además, cumpliría su promesa y todo terminaría en ese instante, pero no podía hacerlo, no de esa forma. Retiró el arma y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Cuando ella colocó su blanca mano sobre la suya sintió el abismo a sus pies y cayó de rodillas.
—¿Qué me ocurre?–. Al capitán le costaba hablar.
Adele se acercó a él y al oído le susurró:
—Mi padre tenía razón. 
—¿Eres una bruja? –preguntó Kendrick mientras luchaba inútilmente por levantarse.
—Soy más que eso.
El capitán la miró con temor, pero cuando la joven se despojó de sus ropas y contempló su desnudez. El deseo se apoderó de él hasta que Adele entonó su melodía de transformación, entonces, el miedo cubrió su rostro y gritó.


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