miércoles, 28 de noviembre de 2012

EL CARRO DEL CORREO




Hace treinta años, cuatro meses y seis días que espero una carta. Al principio ansiaba con desesperación la llegada del correo. Cuando escuchaba los pasos del guarda resonar en el pasillo, una pequeña esperanza se apoderaba de mí. Después de unos meses, averigüé que para alguien como yo, la esperanza es otro de los sueños que aniquila este lugar. El entrechocar de las llaves era lo primero que escuchaba, un sonido alentador y al mismo tiempo terrible, el metal te recordaba con más nitidez dónde estabas y por qué. Luego, unos pasos retumbaban sobre el cemento, como el golpetear de un martillo. Aunque era el crujido de las pequeñas ruedas del carro del correo, un sonido chirriante, grotesco dentro de aquel pabellón, el que acallaba la voz de cualquiera de nosotros. Entonces, el encargado de repartir las cartas se detenía ante mí y siempre le hacía la misma pregunta: 
–Mike, ¿tengo correo?
Mike me miraba con satisfacción, lo leía en su rostro. Tardaba en contestar, ese hombre carecía de celeridad. Me preguntaba el motivo de su placer en torturarnos de aquella forma. Era un tipo grande, demasiado grande y no entendía cómo podía ponerse el uniforme sin que le estallaran los botones. Y mezquino, algo que demostraba continuamente con sus comentarios o regodeándose del sufrimiento de todos nosotros cuando nos decía:
–Espera que mire. Hoy me suena tu nombre –después añadía– Treinta años, cuatro meses y seis días. ¿Verdad, 245?
Me maravillaba su capacidad de recordar nuestro encarcelamiento con exactitud. Nunca erraba, nunca confundía nuestras penas, su precisión era tal que a veces resultaba escalofriante. Entonces, Mike me miraba con sus ojos pequeños, que bizqueaban a veces hacia la derecha, con aquellas pupilas emborronadas como lo estaría un cristal de un coche cubierto por el vaho. Mientras dibujaba una sonrisa maliciosa en su rostro y contestaba:
–Mi querido 245, hoy como hace treinta años, cuatro meses y cinco días, no tienes carta.
Sin embargo, Mike no se conformaba con eso, una persona tan ruin no se resignaría con vernos coléricos ante su proceder, además, necesitaba mortificarnos y decía:
– ¿Cuándo dejarás 245 de esperar esa carta? ¿Aún no te has dado cuenta de que ya te han olvidado?
En ese momento, empujaba de nuevo su carro hacia la siguiente celda y repetía su proceder de una manera meticulosa, sin prisa, sin errar, atormentando a su siguiente víctima con una precisión enfermiza. Él sabía tan bien como yo mis ganas de matarle, si hubiera podido lanzarme a su cuello y ahogarlo con mis propias manos, no hubiera dudado ni un instante. Sus crueles palabras enardecían mi sangre, pero debía controlarme y apretaba los puños para no dejarme llevar por la ira. El castigo de Mike por insultarle era sutil y no quería recibirlo de nuevo. Al día siguiente te anunciaba con una sonrisa que habías recibido carta, pero justo cuando parecía que registraba el carro para entregártela, comentaba: “Oh, he debido equivocarme”. No repetiría ese tormento, comprendí su sádico juego y no volví a caer en su trampa. 
Debo confesar que, a pesar de que cada vez que le oigo entrar en el corredor nace en mí la loca idea de que ese día mi carta llegará, sé que me engaño. Pronto, seré conducido a la cámara de gas, no tengo miedo, hace tiempo que dejé de tener miedo, ahora sólo deseo terminar con todo esto. Anhelo acabar con esta espera inútil de esperanza vaga, que me hace rezar para recibir una carta de salvación. Una carta que nunca llegará. 
Al escuchar de nuevo la cerradura, las rejas, los pasos y las ruedas chirriantes del carro del correo dejo de pensar en mi destino. Mike ha llegado ante mí, carezco de fuerzas para aguantar sus sádicos juegos. Pero Mike se comporta de una manera extraña.
–¡Eh, 245! El correo.
No puedo creer que sea cierto, ni imaginar que sea por fin el día en que reciba la carta. Sin embargo, desconfío de Mike, ese monstruo es capaz de cambiar su proceder, quizá se ha aburrido de su anterior diversión. Pero Mike ha metido su enorme brazo por la reja y menea impaciente un sobre. Es la carta, sé que es la carta. 
Hoy hace treinta años, cuatro meses y siete días que espero esa carta. Su interior contiene mi muerte o salvación. He leído su contenido y mirado a Mike. Esta vez, él no sonríe.

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