martes, 8 de enero de 2013

EL ASIENTO ROJO



Arrastraba mi maleta por el aeropuerto repleto de gente desde hacía más de doce horas. Tenía que esperar otras diez, para coger el siguiente vuelo, siempre que la tormenta de nieve no lo cancelara. Tiré de la maleta y me senté en el único asiento de plástico rojo que había libre en el aeropuerto. A mi derecha, había sentadas dos monjas que miraban sus billetes y al verme me sonrieron. Les correspondí con una cansada sonrisa. Esperaba que las monjitas  no tuvieran ganas de conversación.  A mi izquierda, un señor mayor no dejaba de mirar el reloj, mirar el billete, mirar el cartel anunciador de vuelos y por último mirar su móvil. Repetía una y otra vez de una manera obsesiva el mismo orden de acciones.
Cerré los ojos, la música navideña escogida para amenizar la espera de los pasajeros resultaba tan pesada, que no me dejaba dormir. Había tomado tres vuelos para llegar hasta allí y necesitaba descansar. Las monjas hablaban entre ellas y noté una mano que me tocaba con suavidad el hombro.
–Joven, ¿adónde va? –me preguntó la mayor de las hermanas.
Abrí los ojos irritado porque interrumpieran mi sueño. Miré la cara sonrojada y mofletuda de la hermana y con fastidio contesté:
–Voy a casa. 
Las dos mujeres parecían la versión monjil del Gordo y el flaco. Entonces, la delgada intervino en la conversación.
–Hermana Milagros, mire el cartel. Hasta mañana, será imposible que salga ningún otro vuelo.
–¿Qué ha dicho usted? –dijo el hombre mayor poniéndose en pie–. ¡No hay vuelos! ¡No puede ser! –Su rostro enrojeció y pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente–. ¡Me quejaré a la compañía! ¡Tengo que llegar! –Miró con los ojos muy abiertos a las dos hermanas y después a mí y gritó–: ¡Tengo que llegar! Es mi última Navidad. ¡Comprenden, mi última Navidad!
Ninguno de nosotros sabía a qué se refería, pero la hermana más delgada se aproximó al anciano.
–Me llamo sor Teresa y siento mucho que no pueda coger ese vuelo, pero seguro que sus familiares entienden que le ha sido imposible.
El hombre mayor pareció no escucharla, se sentó de nuevo e ignoró  a la monja. Empezó a musitar unas palabras incomprensibles. Luego, reanudó el mismo comportamiento, que había hecho antes del anuncio de la compañía aérea. Observé la escena  compadecido del viejo y su estado senil. Las hermanas al comprender que no podrían realizar una buena obra con el anciano, dirigieron su artillería pesada hacia mí. Tras varios sermones sobre el peligro del mundo que me rodeaba, determinaron al unísono que debían salvarme de pasar esa noche en el aeropuerto, según ellas la versión moderna del mismo Purgatorio. En eso debía darles la razón, no creo que existiera un asiento más incómodo en ningún aeropuerto del mundo, que esa silla roja. Después, de varios tiras y afloja dialécticos, me di por vencido. La hermana Milagros me tentó con una cama caliente y una buena sopa. Mientras que la hermana Teresa apostó por convencerme con el argumento de que el silencio me ayudaría a recuperarme de las horas de sueño. Quizá no sería tan mala idea acompañarlas. Miré a mi compañero de la izquierda, el pobre hombre me recordaba a mi abuelo y mostraba síntomas de enajenación. No podía abandonarlo.
–Creo que también debería acompañarnos–. Las hermanas se miraron y asintieron. 
Con dulces palabras sor Teresa lo ayudó a levantarse.  El viejo no protestó. Sor Milagros intentó averiguar por qué era su última Navidad, pero fue inútil. Los cuatro nos dispusimos a salir del aeropuerto, cuando un tipo grande, con un abrigo gris interceptó nuestra salida. El hombre dudó un instante en dejarnos pasar. Las hermanas le sonrieron, el anciano ni siquiera reparó en su presencia y yo cansado de tirar de mi maleta de un aeropuerto a otro, solo pensaba en la cama caliente, en el silencio y en la sopa que esas dos monjas me habían prometido. El tipo se frotó nervioso las manos y dijo:
–Hermanas, ¿quieren hacer una buena obra por Navidad? –Las monjas lo miraron sin comprender y discurrí que no daría un céntimo a alguien que llevaba mejor abrigo que yo–. Ven a esos dos tipos de allí –Las monjas, el viejo y yo miramos hacia dónde señalaba su dedo–. Van a matarme. 
Las hermanas aceptaron ayudarle. El viejo reaccionó con viveza. Mientras que resignado yo pensé que solo me faltaba aguantar esa figurita en nuestro improvisado Belén.

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