miércoles, 16 de enero de 2013

El cantar del lobo VI



El grito de Kendrick alertó a los hombres que celebraban en el salón la muerte de Sirkan. De pronto, el silencio se extendió entre ellos al escuchar el aullido de un lobo.
—¡Por todos los demonios! –exclamó lord Xairon—. ¡Eso ha sido un sonido del infierno!
Lord McGregor, el jefe del clan del Norte, se puso en pie y gritó:
—¡Es ella! –Los hombres pertenecientes al clan de McGregor desenvainaron las armas y salieron en busca del lobo, capitaneados por su lord.

Entretanto, Sombra en compañía de Adele olfateaba cada puerta que encontraba en su camino en busca del príncipe Fiodo. Cuando dieron con la estancia, escucharon los gritos de los hombres que la andaban buscando con lord McGregor a la cabeza. Adele recuperó su figura humana y abrió la puerta tan solo cubierta por su propio pelo. Su hermano yacía en mitad de un charco de sangre. Un puñal atravesaba su pecho y el maestre Reim se hallaba herido de gravedad en otra parte del cuarto. Se agachó junto a su hermano, pero ya estaba muerto. Adele lloraba de impotencia y lo acunó en sus brazos con desesperación. Un gruñido de Sombra a su espalda le advirtió de que pronto los hombres de lord McGregor la encontrarían. 
—Él… —susurró el maestre Reim y alargó la mano para llamar la atención de la princesa.
Adele dejó su preciada carga con cuidado en el suelo y se acercó al leal sirviente de su hermano. 
—¿Quién ha sido? –preguntó y le sujetó la mano.
—Él… —pronunció con hilo de voz, luego Reim agarró a  la joven por el pelo y acercó su oído a su rostro—. El cuervo.
Adele desconocía qué significaban esas palabras, pero el maestre Reim no diría ninguna otra. Le cerró los ojos y se preparó para enfrentarse a los hombres que habían entrado en la habitación. 
—¡Bruja! –gritaron, aunque todos admiraron la desnudez de la joven, ninguno se dejaría tentar por su diabólica belleza y al unísono chillaron—: ¡Muerte a la bruja!
Adele giró sobre sus talones, un halo de luz inundó la habitación y cegó a los hombres durante un instante, después la princesa y el lobo desaparecieron. El desconcierto reinó un segundo entre los soldados, pero eran hombres curtidos en la batalla y habían presenciado hechos sorprendentes. Aunque se miraron unos a otros con temor hasta que vieron a Lord McGregor acercarse al cadáver del príncipe.
—Heilin, convoca al Consejo. 
—Sí, mi señor. ¿Qué debo decirles? –preguntó el soldado, un hombre con escasa barba y una enorme cicatriz en el rostro, quién esperó con ansiedad la respuesta. 
—Deben prepararse para lo peor y nosotros también –Se giró despacio y miró a cada uno de sus hombres—. La guerra ha comenzado.



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