lunes, 11 de marzo de 2013

El cantar del lobo IX




Adele miró una última vez al capitán. Sabía que debía matarlo, pero la indefensión que mostraba su rostro le impedía degollarle. Posiblemente, no hubiera vacilado en cortarle, a uno de los soldados de su padre, la garganta. Pero, el capitán parecía diferente, no había detectado en su mirada ningún odio hacia ella. Se bajó de la cama y se arregló el vestido, cogió la bandeja y se dirigió con paso firme a las cocinas. Sombra la esperaba fuera del castillo, tenía que salir de allí antes de que la descubrieran. Se cruzó con varios soldados de lord McGregor y, sin que ellos se percataran de su presencia, los escuchó hablar de lord Arrow.

–Ese joven arrogante no es capaz ni de encontrar su polla entre sus calzas, menos aún, va a encontrar a la bruja. 
–Pero lord Conrad ha sido muy claro y el plan de casar a la chica con Traim –Adele apretó la bandeja con fuerza al escuchar ese nombre y los planes que habían diseñado para ella–, me parece una buena jugada.
–Siempre y cuando Arrow no la atraviese con su espada. Nunca he visto a un muchacho con tantas ganas de matar.
–Debes comprender que su madre…
Adele no pudo escuchar nada más, los hombres se habían alejado por el pasillo. La joven se dirigió a las cocinas, no dejaba de pensar en que lord Conrad era un hombre astuto, pero no contaba con que ella descubriera sus planes. Quizá no sería tan mala idea permanecer algún tiempo entre los muros del castillo. Todo el mundo la buscaría fuera de allí, ninguno imaginaría que se ocultaba en las cocinas. Incluso Kendrick pensaría que había huido.
Cuando entró en las cocinas, varias mozas limpiaban y preparaban algunas aves para la comida. La cocinera con los brazos apoyados en su cintura y con cara de enojo le gritó:
–¡Chica! No seas perezosa. Has tardado demasiado en servir un desayuno o,  ¿has servido algo más al capitán Kendrick? –Adele negó con la cabeza–. No sé qué os pasa a las jóvenes de hoy por la cabeza. Cuándo te deje preñada perderás el trabajo y nadie contrata a una criada con un bastardo en sus entrañas.
–Sí, señora. 
–Es un chico guapo, lo reconozco, pero ya llevo tres criadas perdidas por perder la cabeza con soldados guapos y se avecina una coronación. No puedo alimentar a todos esos hombres con tan pocas manos. Así que aléjate de él. ¿Me has comprendido?
–Sí, señora –repitió Adele con humildad.
–¿Has empezado hoy? –Adele no pudo hablar ya que la cocinera añadió–: Esa vieja dama Conrad cada día está peor. ¡Ya ni siquiera me avisa de las muchachas que trabajarán en mi cocina! Seguro que ni siquiera tienes experiencia. ¡A ver! Enséñame esas manos. Bueno, al menos, no parecen la de ninguna lady caprichosa. Aunque son algo finas también parecen fuertes. Ahí tienes las patatas, pela y corta todos esos sacos. 
–Muy bien –Adele intentó recordar el nombre de la cocinera, pero aunque lo intentó no pudo lograrlo–, señora, ¿dónde están los soldados?
–Esos vagos, ¡menuda gentuza!, se comieron una de mis tartas y ni siquiera se la sirvieron en un plato. Creo que lord McGregor regresaba a sus tierras. ¡Niña! Aún no has empezado.
Adele se apresuró a coger uno de los sacos y comenzó a pelar patatas. Se preguntó cuál sería el motivo por el que McGregor regresaba a sus tierras. También pensó en que si Kendrick la descubría esta vez, tendría que matarlo.



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