jueves, 1 de marzo de 2012

EL TIPO DE PSIQUIÁTRICO II





Cuando Martínez llegó al lugar de los hechos, el forense, un tipo de pelo engominado, merodeaba sobre la víctima como un buitre sobre una presa. Al detective no le caía bien, pero era eficiente. Se acercó a él y le preguntó:
—¿Cerramos esta mierda de caso como suicidio?
El forense sonrió y mostró unos dientes blancos y perfectos que por un momento eclipsaron el brillo de su pelo. Levantó los hombros y dijo:
—Es pronto para saber sí se trata de un suicidio u otra cosa —dio la espalda al detective y continuó con su trabajo.
El muerto era un empleado del centro psiquiátrico dónde se había suicidado. El hospital era moderno y casi le recordó a Martínez un hotel, salvo por las rejas en las ventanas, los guardias en la puerta y las cerraduras de tarjeta. El centro tenía más seguridad que algunas de las cárceles que a veces visitaba. Se agachó para contemplar al muerto, su estómago ya estaba más que acostumbrado a ver estas escenas y ya no le sorprendían. El cadáver presentaba un aspecto blanquecino y la sangre se había coagulado sobre la herida, con un corte preciso de derecha a izquierda había diseccionado la laringe y las cuerdas vocales. Martínez se retiró del cadáver y se dirigió a la cafetería del centro, debía empezar con su ronda de interrogatorios.

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