martes, 19 de febrero de 2013

El cantar del lobo VII




     La oscuridad rodeaba a Adele y, durante un instante, ignoró dónde se encontraba. Su magia aún no era tan poderosa como para controlar ciertos poderes y, el que había utilizado para escapar de los soldados de lord MacGregor, era uno de ellos. Además, ese hechizo había consumido parte de su energía y en un par de horas no sería capaz de realizar ningún otro. La joven acarició la cabeza del lobo y el animal dejo de gruñir. A Sombra no le agradaba cuando Adele lo incluía en su magia.

–La próxima vez lo haré mejor –le prometió.
Sombra lamió la mano de Adele en señal de aceptación. Ahora, necesitaba alejarse del Castillo de Aguas Grises lo antes posible. Sabía que lord MacGregor no cejaría en su empeño de buscarla. Aunque las palabras del maestre Reim no dejaban de resonar en su cabeza una y otra vez. El viejo soldado no había podido decirle quién era El Cuervo. Pero fuera quien fuera, había matado a su hermano y no descansaría hasta vengarle. 
–Vamos –le dijo al lobo y comenzó a caminar. 
Cuando los ojos de Adele se acostumbraron a la falta de luz, supo que se encontraba en una de las bodegas del castillo. Agudizó el oído y escuchó que era la más próxima a las cocinas. Observó, cómo los criados deambulaban por la estancia, oculta tras un par de barriles de harina. Susurró unas palabras al oído del lobo y el animal se dirigió a cumplir su orden. Un instante más tarde, Sombra le entregó un par de prendas de vestir. Adele ignoraba de dónde había podido sacarlas sin que nadie advirtiera su presencia, pero le agradó que estuvieran limpias. Se trataba de la ropa de una de las doncellas. Adele salió deprisa de su escondite, pero justo cuando pensaba que escaparía de las cocinas sin ser descubierta una de las encargadas; una mujer que tenía el tamaño de dos barriles de cerveza juntos, le gritó:
–¡Eh!, ¡Chica! Saca a ese perro sarnoso de mi cocina y después súbele el desayuno al capitán Kendrick. –Adele no supo qué hacer, pero la llegada inesperada de un par de hombres de lord MacGregor que desde dónde se habían posicionado no podían ver a Sombra, le hizo decir:
–Sí, señora, ahora mismo. 
Adele abrió la puerta y el lobo salió al exterior. Después, gracias al gorro que ocultaba su pelo pasó por delante de los soldados con una bandeja sin que descubrieran su identidad y se encaminó al cuarto del capitán Kendrick.  
El castillo bullía con los gritos de los que anunciaban la muerte de su hermano. Al día siguiente, darían sepultura a su cuerpo, lamentaba el no poder asistir. Pero, lord MacGregor no era un hombre fácil de engañar, tarde o temprano daría con ella y no tendría misericordia. Adele golpeó la puerta de la habitación del capitán y entró. Parecía que se había recuperado del susto que ella le había dado, una sonrisa apareció en su cara al recordar su grito. Había ocultado de la vista de los soldados un cuchillo de la cocina. Ahora lo guardó a su espalda y se acercó muy despacio a su lecho. El capitán parecía dormir, pero de pronto se encontró en la cama y con el cuerpo del hombre reteniéndola. 
–Nunca olvido una cara bonita, alteza –le dijo–. Y la suya lo es.
–¡Maldita sea! ¡Suéltame! –Adele se retorcía sin conseguir liberarse.
–Si me promete no convertirse en un lobo.
–Te asustaste muy fácilmente –Kendrick apretó la mandíbula y no contestó.
–Todos los días no se ve a una bruja. –Esta vez fue Adele la que tensó los labios de su rostro, era claramente un insulto.
–De eso puedes estar seguro –alzó la rodilla y golpeó la entrepierna del capitán. El dolor le obligó a soltarla. Adele se giró y  montó a horcajadas sobre Kendrick mientras le amenazaba de nuevo en el cuello con un enorme puñal.
El capitán intentó golpearla, pero ella apretó el puñal contra su garganta.
–No es una buena idea.
–Algún día… –comenzó a decir, pero Adele lo golpeó con el puño de su puñal y el capitán dejó de hablar.
–Algún día podrás matarme, mientras confórmate con esto. 
Sin medir las consecuencias lo besó. 











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