viernes, 15 de febrero de 2013

Falcon Beach



El capitán abrió una pequeña libreta y durante un instante escribió en ella sin dirigirnos la palabra. El tramoyista elevó el cuello con inquietud. Miss Renegan, nuestra rutilante estrella, se miró las uñas perfectamente pintadas en un alarde de nerviosismo. El señor Morgan, el director del teatro, permanecía inmóvil con los ojos agrandados por la indignación y el fastidio que suponía cerrar esa noche su teatro. París había dejado de ser un lugar seguro para los americanos, de todos modos, Morgan había decidido no huir del barco, ni tampoco dejar que se hundiera.
El Falcon Beach no había cerrado sus puertas nada más que en dos ocasiones. La primera, durante el día en que Gran Bretaña entró en guerra y la segunda, el día en que Churchill comunicó por radio los bombardeos sobre Londres. William, nuestro actor principal, me miró preocupado. Ambos conocíamos la verdad, una verdad aterradora que nos condenaría  de una forma segura si el capitán Ostheim averiguaba nuestro horrible secreto. Perdonen que aún no me haya presentado, pero las circunstancias me impiden hacerlo, digamos que será otro de los misterios de esta historia. Cabe decir que soy mujer y trabajo en el Falcon Beach desde hace un mes. No puedo contar nada más de mí, puedo asegurarles que mi vida era como la de muchos, hasta el día en que atravesé las puertas de este teatro en la zona ocupada por las tropas alemanas. Nunca me gustaron los circos, ni tampoco los teatros. Pero, la guerra nos había obligado a realizar ciertos cambios en nuestra vida. Averigüé que William trabajaba para la Resistencia y un día lo sorprendí peleándose con un cabo perteneciente a las SS. Supe en ese instante que si no intervenía rápido William moriría. Entonces no pensé en el peligro, ni en las consecuencias, simplemente maté al soldado. Pueden escandalizarse ante mi actitud, pero sé que no hubiera podido hacer otra cosa. Después, William me explicó quién era y qué hacía en París. Pero dado el peligro que supone para él que se desvele su identidad es mejor que eso también se convierta en otro de nuestros pequeños secretos. Miré de nuevo al capitán Ostheim, su bigote corto y perfectamente cuadrado. Mantenía los hombros rectos con lo que pretendía ganar en altura y su uniforme impecable de tal forma que intimidaba. El pelo lo llevaba engominado y relucía de la misma manera que sus altas botas negras. La cartuchera en la que descansaba una Luger le concedía a la pequeña figura del capitán un aspecto tan amenazante,  que sus correctos modales y su sonrisa no tranquilizaban a nadie. 
–Entonces, si he entendido bien, ninguno de ustedes vio entrar al teatro al cabo Shulz –dijo y nos miró uno a uno muy despacio.
El señor Morgan se convirtió en nuestro portavoz algo que pareció no agradar al capitán.
–Capitán Ostheim le aseguro que nadie de mi personal ha visto nunca al cabo Shulz.
El capitán Ostheim escribió sus palabras en la libreta y todos esperamos ansiosos la nueva pregunta del capitán. Pero, no hizo ninguna, posó sus ojos sobre mí y me señaló con el dedo. 
–Usted, acompáñeme.
–¿Yo? –pregunté asustada y miré a William, quién apretó la mandíbula de impotencia, después mis ojos se desviaron al señor Morgan.
–No creo que ella sepa nada, entra a las seis de la mañana y no sale del sótano hasta las ocho de la tarde –argumentó el señor Morgan. 
El capitán  me miró de arriba abajo y sentí que las piernas me flaqueaban. El miedo se apoderó de mí, si ese hombre descubría la verdad sobre mi silencio podría darme por muerta.
–No lo repetiré dos veces –dijo con una mirada tan fría que incluso el aplomo del señor Morgan se vio afectado. El pobre hombre asintió con la cabeza y me miró desconsolado–. ¡Cabo Shröder!
El cabo Shröder era apenas un chico de unos dieciocho años, con el rostro delgado y unos ojos azules que me recordaron a un mar en un día soleado. Pero, una de sus manos me agarró con fuerza del brazo y me condujo hacia la salida. El sol me cegó durante un instante, luego me obligó a caminar y me metió en el coche, donde me esperaba el capitán.
–¿Y bien? –me preguntó Ostheim.
–Mañana a las dos en el Pont Neuf.
–¿Está segura?
–Completamente –asentí.
–Entonces, nuestro pequeño secreto está a salvo –me extendió un sobre que abrí con desesperación. Recorrí  con los dedos y  lágrimas en los ojos la imagen que aparecía en la fotografía y  sonreí.





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