lunes, 27 de mayo de 2013

Hay un huevo roto en la nevera


 Alfredo abrió la nevera como todas las mañanas. Había una botella de leche a medio gastar y sin tapón. Un trozo de queso mohoso, dos yogures caducados y un par de huevos rotos cuya yema había manchado toda la puerta de la nevera. Alfredo miró el reloj. Aún eran las siete. Óscar no se levantaría hasta las diez de la mañana. Él aprovechaba ese tiempo para desayunar con tranquilidad, leer el periódico con tranquilidad y limpiar. Realizó las mismas tareas que el día anterior, pero de vez en cuando miraba el reloj. Desayunó unas tostadas y un café solo. La leche tenía un olor rancio. En mitad de la lectura de su periódico miró de nuevo el reloj. Ya eran las nueve y media, faltaba media hora para que Óscar despertara. Recogió el plato y la taza de su desayuno y limpió la cocina, todo, menos la nevera.


Media hora más tarde, Óscar entró en la cocina rascándose la cabeza aún con el pijama puesto. Sus ojos rojos mostraban la juerga de la noche anterior.
–Buenos días –dijo Alfredo. Dobló con cuidado su periódico y lo dejó sobre la mesa.
–¡Qué pasa tío! –Óscar se acercó al fregadero, colocó la boca en el grifo y bebió con un estrepitoso ruido. Cuando terminó, se sentó con las piernas abiertas en una silla muy cerca de Alfredo–. ¿Qué ponen las noticias hoy? ¿Algún banquero en el trullo?
Alfredo retiró el periódico del alcance de su compañero de piso, sabía qué pasaría con él si no se andaba listo.
–Lo mismo de siempre –contestó Alfredo y se dispuso a marcharse.
Óscar se levantó con agilidad y abrió la nevera.
–¡Tío!, ¿pero qué coño ha pasado aquí?
–¿A qué te refieres? –preguntó Alfredo y arrugó algo más de lo normal su periódico bajo el brazo.
–¿A qué mierda ha pasado con los huevos?
–Creí que podías decírmelo tú.
–¡Yo! –Óscar cerró de golpe la puerta–. ¿Por qué yo?
–Tú fuiste el último que llegó anoche –Alfredo se apoyó en la puerta de la cocina–. Además, te oí abrir la nevera.
–Claro que me oíste abrir la nevera, pero no para hacerme una tortilla, sino para coger hielo. Además, ¡si que tienes el sueño flojo! o, ¿tenías curiosidad por saber con quién venía?
–Claro que no tenía curiosidad por saber con quién venías –Alfredo tensó la mandíbula–. Ya sé con que tipo de chicas vienes.
–¿Qué quieres decir con eso? –Óscar se rascó de nuevo la cabeza y los huevos.
–Que no son demasiado silenciosas –Alfredo dejó de apoyarse en la pared–. ¡Podrías tener algo más de consideración!
–¿Consideración? Tú no estás bien de la cabeza –Óscar volvió a abrir la nevera y cogió uno de los yogures caducados.
–La fecha –dijo Alfredo.
–¿Qué fecha? –preguntó Óscar, pero fue demasiado tarde ya que había presionado el envase y el yogur había entrado directamente en su boca. Con rapidez lo escupió en el fregadero.
–¡No imagines que voy a limpiar eso! –exclamó Alfredo y se marchó dando grandes zancadas de la cocina.


A la mañana siguiente, Alfredo se dirigió a la cocina, un grupo de moscas revoloteaban sobre una espesa masa blanquecina. Abrió el grifo y las moscas salieron despavoridas. Luego, abrió la nevera, un olor agrio proveniente de la leche le hizo arrugar la nariz. Miró la puerta de la nevera. La yema y la clara se habían solidificado y ahora mostraban una dureza que sería difícil de quitar. Se habían pegado con ahínco, como un parásito a las paredes intestinales de un anfitrión. Alfredo se preparó su café, solo, una tostada y se sentó a leer el periódico. Miró el reloj, eran las nueve y media.
Media hora más tarde, Óscar apareció en la cocina.
–¡Tío, buenos días!
–Buenos días –Alfredo dobló con cuidado su periódico–. Ayer no limpiaste el fregadero.
–¿Y?
–Y… había una legión de moscas.
–Son criaturas de Dios, también tienen derecho a comer.
–¡Criaturas de Dios! –gritó Alfredo.
–¡Joder, tío! ¡No grites! –Óscar se llevó las manos a la cabeza–. Me duele un montonazo la cabeza.
–¿Qué tomaste?
–Lo de siempre –respondió Óscar y abrió la nevera. El olor le hizo retroceder un paso. Miró los yogures y los retiró con la mano, cogió la botella de leche y la lanzó al fregadero. Echó un último vistazo y cerró de golpe la nevera.
–¿No parecías que hubieras tomado lo de siempre?
–¿Por qué lo dices?
–Porque tuviste consideración.
–¿De qué coño hablas? –Óscar se sentó de golpe en la silla–. ¿Podrías dejarme una pastilla? El dolor de cabeza me está matando.
–¿De qué tipo?
–¡Joder!, ¡Yo qué sé de que tipo! –Óscar se agarró la cabeza con fuerza–. De la que quieras. Sólo quiero que se acabe este dolor de cabeza.
Cinco minutos más tarde, Alfredo regresó con un bote de pastillas. Óscar no miró el nombre.
–Sólo tómate dos –le aconsejó Alfredo.
–Ni de coña –Óscar volcó las pastillas sobre su mano y se tragó cinco. Alfredo le facilitó un vaso de agua para que se las tragara–. Con este dolor de cabeza necesito algo más de la dosis normal.
Alfredo salió de la cocina con una sonrisa dibujada en la boca.


A la hora de la comida, Alfredo se encontraba en el salón, el espectáculo era dantesco. Las botellas de alcohol aparecían desparramadas por el suelo como soldados de infantería muertos en acto de servicio. Alfredo se sentó y esperó. Esperó con paciencia y tranquilidad. Como cuando desayunaba. Abrió su periódico y leyó el tiempo. Haría un buen día.  Se dirigió a la cocina, abrió la nevera, cogió los huevos que aún estaban intactos y miró la fecha de caducidad, se preparó una tortilla, “con un par de huevos” como diría su padre.

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