domingo, 28 de abril de 2013

La pecera




A veces siento la necesidad de abandonar el observatorio que me he construido en el primer piso. Quiero hacerlo, pero hasta que realice el encargo, me complace contemplar a esos animales noctámbulos que visitan el Phillies. Se asemejan a unos peces nadando de un lado a otro en una pecera. Mi preferido es Billy, el camarero, un tipo puntual, metódico y capaz de mantener el blanco de su uniforme sin una mancha desde las diez de la noche a las seis de la madrugada. Deberían subirle el sueldo simplemente por aguantar a algunos de los clientes que han entrado en la cafetería desde que estoy aquí. Dudo si el tipo que se sienta junto a la pelirroja sea consciente de la sensualidad que desprende esa mujer. Ella siempre entra sobre las once, pide a Billy un café, vierte en él dos terrones de azúcar y lo remueve con una templanza enervante, sus lascivos movimientos consiguen excitarme. Entonces, mira su reloj y aparece por la puerta el tipo del traje gris. Se sienta a su lado, enciende un cigarrillo y se miran fijamente durante un instante. No pronuncian una palabra, día tras día, durante esta semana han hecho lo mismo. Ninguno muestra un indicio de conocerse, parecen dos islas de un archipiélago separados por un poco de agua. Después, la pelirroja suele mirar sus uñas con desgana, mientras que el tipo con sombrero que se siente a su lado llama a Billy, debe hablarle de algo importante para que Billy le preste una atención tan desmedida. Sin embargo, esta noche ha ocurrido un suceso diferente, ha entrado un nuevo cliente al Phillies, desde mi posición en la ventana no logro ver quién es. Tan solo puedo contemplar su espalda, la estudio con detalle y reconozco que pertenece a un tipo grande. Se ha sentado enfrente de la pareja y no pide nada. Su cuerpo ostenta un abatimiento inusual, aunque por su forma de sentarse, también, aprecio una tensión que esconde entre sus manos. Me gustaría verle la cara, necesito averiguar si es él. Pero para eso debería bajar, ese tipo parece haberse pegado a la barra. Su quietud casi momificada me intranquiliza. Mi trabajo requiere observación, paciencia y distanciamiento. Aunque por una vez, una sola vez, me gustaría mirar cara a cara  el rostro de mi objetivo. Ver las gotas de sudor bajar por su frente cuando comprendiera qué sucedería. Notar su respiración agitada al percatarse del desenlace final. En realidad me gustaría ejecutar los encargos como unas representaciones teatrales, he de reconocer, que siempre he tenido alma de actor, entonces, mi trabajo ascendería a la categoría de arte. Desde la ventana, mis pequeños peces noctámbulos se mantienen quietos, estáticos dentro de las cristaleras del Phillies. Mi posición casi de un Neptuno terrestre hace que un alarde de despotismo apunte con mi arma a uno de ellos. He elegido al tipo de la espalda ancha, me molesta no saber por qué ha escogido el Phillies, por qué de todas las noches ha tenido que entrar esta misma noche, por qué esa barra y por qué en concreto mi pecera. Sin embargo, solo emulo disparar, no puedo revelar dónde me encuentro. Billy parece seguir concentrado en lo que le cuenta el tipo que se sienta al lado de la pelirroja, aunque quién me sorprende es el nuevo cliente, cuando de una manera inesperada, ha fijado su mirada en mí. De pronto, entiendo qué ocurre, para él soy otro animal noctámbulo. Ante mis ojos el edificio sufre una trasformación, sus numerosas ventanas se convierten en una laberíntica jaula de roedores. Y ese tipo tiene el encargo de observar a uno de ellos. Me pregunto si también tiene mi mismo trabajo.

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