viernes, 5 de abril de 2013

El cantar del lobo XII




Lord McGregor se ajustó su vieja capa a los hombros y acercó las manos al fuego. Ya no era tan joven, pero no tanto, para no notar la inesperada presencia a su espalda de su hombre de confianza.

–Heilin, ¿está todo preparado?
–Treim ha aceptado la invitación.
–Bien –dijo y se retiró del fuego, con un gesto le indicó a Heilin que se sentara con él, ambos hombres ocuparon dos asientos cerca de la chimenea. Lord MacGregor sirvió dos jarras de whisky y le ofreció uno a Heilin–. No me fio de Conrad.
–Nadie se fía de ese viejo y astuto lord–. Lord McGregor sonrió levemente antes de beber.
–Es verdad, nadie se fía de él, pero la última jugada que pretende hacer es casi diabólica.
–Casar a la chica con Treim sería… –Lord McGregor interrumpió a Heilin.
–Una manera de eliminar a los posibles lores aspirantes al trono. ¿Cuánto crees que durará la chica como reina? Treim la matará tarde o temprano. Además, esta vez no lucharemos entre nosotros, sino contra toda la franja norte. Treim nos enviará a la guerra, mientras sus hombres no encontraran ninguna oposición para ocupar nuestras tierras. 
–Si está en lo cierto, ¿no debería avisar a lord Conrad? –Lord McGregor se bebió de un sorbo el resto de whisky.
–¿Crees que ese viejo zorro no sabe lo que hace? Lo sabe muy bien, quiere el trono, siempre lo ha querido. También, alejarme del Castillo de Agua Grises. 
–¿Qué piensa hacer?
–Lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo. Cumplir una promesa que hice a una dama. 
–Señor, no entiendo…
Lord McGregor puso una mano sobre el hombro de Heilin y el hombre aguardó sus palabras.
–Hacer que la chica sea reina. Bruja o no será mejor que ese sanguinario de Treim. Además, lleva sangre de Sirkan en las venas.
–¿Está seguro de eso? –. Esas palabras le costaron a Heilin un puñetazo en la boca que lo tumbó al suelo, el soldado se limpió la sangre con el envés de la mano–. Lo siento señor, yo…
–¡Jamás  vuelvas a pronunciar esas palabras o yo mismo te mataré! –le amenazó lord McGregor con los dientes apretados–. ¿Lo has entendido? –Heilin sabía que su imprudencia podía haberle costado la vida. Así que asintió en silencio–. ¡Vete! Quiero estar solo.
Heilin se levantó y se retiró del cuarto. Lord McGregor se perdió en sus recuerdos, el fuego parecía recordarle otro lugar. Esa noche de invierno, el frío atravesaba las paredes del castillo sin ningún pudor. Un frío que hacía mucho tiempo que se había instalado en su pecho. El silencio que había jurado mantener pesaba sobre sus hombros. Cerró los ojos y notó su olor alrededor de él. Aún podía sentir sus manos, a pesar de los años, recorrer su rostro con dulzura. También, el dolor que se había instalado en su corazón el día que supo que había muerto. Había amado a Feián desde niño, sólo habían compartido una noche, pero nueve meses más tarde Adele vino al mundo.

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