viernes, 17 de enero de 2014

El cantar del lobo XXI



    El monasterio se alzaba sobre una enorme roca. Al fondo el océano entonaba una sonora melodía tormentosa. Arrow había disfrutado matando al lobo. Esperaba que su dueña sintiera el dolor hasta lo más profundo de sus entrañas. Cada poro de su cuerpo reclamaba venganza. Deseaba la muerte de su primo cada segundo del día y había jurado matar a esa puta, aunque fuera lo último que hiciera en la vida. Desmontó de un salto, el caballo no pasaría de esa noche.
Había cabalgado deprisa, sin importarle las consecuencias, pero era necesario huir de sus tierras. Cuando pensó en ellas, en su padre y en Kendrick apretó los puños de impotencia. Pero, pronto todo volvería a su lugar, para ello buscaría la protección de la Iglesia. Llamó a la puerta, la lluvia hacía rato que lo había empapado por completo. Un monje de cara regordeta abrió la puerta. Arrow no esperó a ser invitado. Con un empujón se adentró en el monasterio y exigió con frialdad.
    —Quiero ver al abad Henry.
El monje asintió en silencio. Conocía muy bien el carácter de ese joven. El hombre comenzó a andar y Arrow lo siguió. Su decisión sería un medio para destrozar a su primo y recuperar de nuevo su título, su honor y sus tierras.
    —¡Querido muchacho! –exclamó el abad cuando el monje que le acompañaba los dejó solos—. ¡Cuánto tiempo hace!
  —Déjese de saludos de bienvenida que no sentimos –interrumpió Arrow.
    —Debéis comprender que me debo a mi público –dijo el abad y en su rostro se dibujó un gesto tan duro y sanguinario que incluso Arrow supo que debía tener cuidado con sus palabras—. ¿Qué hacéis aquí?
    —Debe hacerme monje. 
  —Entiendo. —El abad se sentó en una de las sillas y miró con fijeza los ojos de Arrow, luego emitió una carcajada que enardeció la sangre del joven.
    —¿De verdad?
  —¡Oh! Sí. Sé muy bien cómo funciona vuestra mente. –El abad se puso en pie y se acercó a la ventana—. Queréis la protección de la Iglesia.
    —Me lo debéis.
  El abad se giró de pronto y de una manera inesperada agarró el cuello del joven y apretó con fuerza.
  —¿En serio creéis vuestras palabras? –Arrow divisó en su brazo el tatuaje que todo templario recibía una vez que había participado en numerosas batallas—. Deberíais tener mucho cuidado con vuestros deseos—. El monje lo soltó de golpe y Arrow cayó al suelo como un fardo de harina.
   —¡No podéis negaros! –gritó Arrow en un intento desesperado de conseguir lo que le había pedido o perdería toda posibilidad de obtener sus deseos.
   —No, no puedo y que Dios me perdone por ello –dijo el abad con resignación—. Mañana iniciaremos tu ingreso en la orden de los dominicos y pronto formarás parte de la Inquisición como adivino es tu deseo.
   —Ahora nuestra deuda estará saldada –dijo el joven.
    —¡Fuera de mi vista! –exclamó el abad. Arrow se puso con dificultad en pie y vio en los ojos del hombre una ira tan terrible que con seguridad era lo último que verían los paganos en Jerusalén antes de morir. 

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