martes, 4 de febrero de 2014

El cantar del lobo XXII


Adele había recuperado su forma humana. Miró la espesura del bosque, los árboles susurraban entre ellos. Podía escuchar el canto de dolor que entonaban alrededor de ella. Se incorporó despacio, tenía las piernas magulladas, muchas de sus uñas estaban rotas y sentía un fuerte dolor en el costado. No recordaba con exactitud qué había hecho desde que salió de las tierras de Arrow.
Sentía una sed terrible y comprobó que estaba manchada de sangre. Entonces, miró a sus pies y el espectáculo que observó la dejó aterrorizada. Había tres cuerpos destrozados por las garras de un animal. Ella los había matado aunque ignoraba quiénes eran y por qué lo había hecho. Apesadumbrada supo que esas muertas serían otras tantas heridas que pesarían sobre su conciencia. Empezó a caminar, su objetivo no era otro que la venganza y había llegado el momento de que el maestro Duncan cumpliera su palabra. 

La noche había caído con un velo siniestro en el Castillo de Aguas Grises. Varios de los centinelas se infundían valor con varios sorbos de aguamiel y chistes soeces que calentaban su cuerpo y su espíritu. De pronto, uno de ellos dio la voz de alarma. Alguien se acercaba por el sendero que conducía a las puertas del castillo.
—¡Alto! –gritó el de mayor rango—. ¡Daros a conocer o moriréis esta noche!
Desde la almena solo se vislumbraba a un hombre cubierto con una túnica negra. Los vigías lanzaron varias flechas de fuego muy cerca del intruso para averiguar su identidad. Pero el visitante permanecía cabizbajo. Aunque vestía un peto de cuero con remaches de hierro. Bajo la capa se observaba una espada cuyo puño terminaba en un brillante rubí tan rojo que destellaba a las débiles luces de las flechas incendiarias.
—Anunciad al maestro Duncan que Gallagan está aquí –dijo con voz firme y cavernosa.
Un revuelo se extendió entre los vigías. El de rango superior cumplió de inmediato la orden y envió a uno de los soldados a avisar al maestro Duncan. Había participado en numerosas batallas y aquel extranjero de acento muy distinto al de Aguas Grises no le daba buena espina. Pensó que el hechicero se encargaba del asunto.
Mientras tanto, el viejo calentaba las manos muy cerca de la chimenea. Antes siquiera de que el joven soldado anunciara la llegada de Gallagan había presentido en sus cansados huesos la llegada de una desgracia inminente. 
—Maestro Duncan –anunció el soldado—, un hombre desea entrar al castillo, pregunta por vos.
—Hacedle pasar –dijo con resignación.
El soldado no preguntó nada más, conocía la fama de ese viejo brujo y no deseaba estar ni un segundo más de lo necesario ante su presencia. Agachó la cabeza en señal de respeto y se marchó con premura. Duncan se puso en pie con una agilidad desconcertante, una agilidad de una juventud ya perdida. Se preguntó qué motivo había traído a Gallagan hasta Aguas Grises. Pero, sabía muy bien que existía una única razón para que ese hombre llamara a las puertas del castillo. Ahora, sus planes de venganza se verían truncados cuando estaba tan cerca de lograrlos. Haría todo lo imposible para impedirlo y supo cómo debía hacerlo.
El fuego de la estancia osciló durante unos instantes cuando el visitante entró en la habitación, precedido por dos soldados. El extranjero era un hombre alto, su cuerpo embutido bajo una capa negra aún no había permitido ver el rostro, algo que desconcertaba a los soldados. Duncan los hizo retirarse con un movimiento de las manos.
—¿Qué has venido a buscar?
—Esa pregunta no merece una respuesta –dijo el extranjero y se quitó la capa.
El viejo Duncan miró fijamente aquellos ojos tan negros como el mayor de los abismos. Su pelo blanco destacaba sobre una piel cetrina que acentuaba varias cicatrices que era mejor no mencionar. Gallagan esbozó una sonrisa carente de calidez, una muestra casi triunfal de su dominio de la situación.
—Sigo siendo uno de los maestros –Duncan tensó la mandíbula aunque en el fondo sabía que no podría vencerle—. Háblame con el debido respeto.
—Por supuesto, maestro Duncan. –Gallagan se inclinó con respeto y el puño de su espada emitió un rojizo intenso que no pronosticó nada halagüeño para el viejo brujo.
—Ahora, contesta a mi pregunta –exigió Duncan con una autoridad que hubiera hecho temblar los muros del castillo—. ¿Qué haces aquí?
—Cumplir mi destino. 
—Hace mucho que tu destino dejó de ser tuyo.
Gallagan desenvainó su espada y con rapidez se hizo un profundo corte en la palma de la mano. La sangre de Gallagan era un poderoso medio de leer el futuro. Un don que no merecía aquel aprendiz de brujo que había superado a su maestro. Duncan temió al futuro, un futuro en el que Adele estaba muy presente.

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