sábado, 8 de septiembre de 2012

EL CANTAR DEL LOBO



     Adele era una joven tan pálida que a veces parecía traslucida, sus dedos largos y delgados destacaban sobre la telaraña de venas azuladas que recorrían sus manos. Su pelo largo y negro acentuaba su fragilidad, en cambio, sus ojos azules exhibían un brillo acerado, tan frío que acobardaría al más valiente de los guerreros de su padre. Poseía unos labios gruesos tan rojos, que muchos de los soldados creían que los untaba con la sangre de los muertos en las batallas. La joven acompañaba a su padre en todas las contiendas como una sombra silenciosa, mientras que a ella la seguía un lobo negro de ojos ambarinos. 
     Esa mañana, Adele tuvo otra de sus visiones. Nadie salvo su padre conocía la razón de que ella se encontrara en la batalla. Esta vez, no ganaría, había visto con claridad la derrota, el derramamiento de sangre, los miembros mutilados de los soldados. Se envolvió en su manto, acarició la flor violeta que su madre le había bordado antes de morir y, se encaminó a la tienda de su padre, el rey Sirkan.
     —¡Padre! Debes retirarte –le dijo Adele sin preámbulos.
     El sirviente que vestía al rey se marchó con discreción.
     —¡Retirarme! –gritó Sirkan—. Esos perros del norte no tienen fuerzas para derrotarnos y contamos con la protección del mar a nuestra espalda. 
     —Padre, he tenido otra de mis visiones y…
     El rey Sirkan agarró a su hija por el cuello y la alzó sin dificultad. Ambos se  miraron durante un instante, la joven lo incitaba a que la matara. El rey  leyó en los ojos de su odiada hija el deseo de morir. No satisfaría sus ganas de abandonar este mundo sin verla sufrir. Sirkan la lanzó al suelo y Adele se arrastró casi sin respiración hasta la entrada. 
     —Si repites esto a alguno de mis hombres te cortaré la lengua –le amenazó su padre.
     —Cómo queráis padre –dijo Adele una vez que recobró la voz —. Pero esta noche morirás y tus hombres lo harán contigo.
     El rey se sentó en su trono y despidió a su hija con un gesto de la mano. Adele se inclinó ante su padre y se marchó. 
    Al anochecer el silencio se extendió por el campamento y una espesa niebla recorría las tiendas. Adele junto a su lobo esperó que comenzara la batalla. Se sentó en el suelo y el animal se tumbó a su lado. Una calma tensa se respiraba en el aire, de pronto, un grito rompió el silencio. Adele abrió los ojos y desenvainó su puñal, un regalo de su madre cuando cumplió los trece años. El fuego se extendió por el campamento con rapidez. Los gritos de los heridos junto con el sonido desesperado de sus monturas auguraban un desenlace terrible para su padre. Adele dibujó una sonrisa en su rostro, desde la muerte de su madre no había sonreído, pero esa noche la muerte de su padre le proporcionaría una alegría inesperada. Ahora, debía buscar a su hermano, el rey Sirkan, la amenazaba con su muerte si no le ayudaba con sus visiones. La odiaba al culparla de la muerte de su querida esposa, pero ella no mató a su madre. No fue ella quién la devoró. Sin embargo, su padre la mantenía con vida gracias a su don o la noche en que su madre fue asesinada la habría matado. Miró al cielo, unas espesas nubes enterraron a la luna, no dispondría de otra oportunidad de conseguir su libertad, agradeció a los dioses su ayuda. Entonó unas viejas palabras, tan antiguas como la misma tierra, palabras contadas por su madre y antes por su abuela hasta llegar a ella. Palabras que la convertían en lobo. Su compañero cantó a la noche con su aullido, ella lo siguió y ambos se adentraron en la oscuridad del bosque.



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