domingo, 21 de octubre de 2012

El cantar del lobo III





El Castillo de Aguas Grises era una construcción de piedra negra y altas torres, cuya inexistente belleza había sido erigida sólo en función de su carácter defensivo. El capitán condujo a su caballo con el cuerpo del rey hasta el patio de armas. Los habitantes del castillo temían la muerte del monarca y, a la vez, se miraron aliviados al contemplar el cuerpo sin vida del rey. Todos y cada uno de ellos habían sufrido la represión de Sirkan y, ahora, nadie lloraría su muerte. Kendrick, como se llamaba el capitán, recuperó el aliento. Había recorrido una larga distancia hasta el castillo, aunque no presentaba ninguna herida de gravedad estaba exhausto y, si no se sentaba pronto, caería de rodillas al suelo. 

—¡Es vuestro rey! ¡Enterrarlo!
Sus gritos sacaron a los habitantes de Aguas Grises de la ensoñación silenciosa que los envolvía, y de repente, un ajetreo propio de un sepelio de un rey se extendió por sus muros. Kendrick entregó las riendas de su caballo a un joven mozo y luego se desplomó en el suelo. 
Entretanto, dentro del bosque que rodeaba el castillo, al que todos conocían como El Bosque de los Ahorcados, por los hombres ajusticiados en él, Adele esperaba paciente a que llegara la noche. Cuando las primeras sombras aparecieron y el castillo quedó cubierto por una espesa niebla, la joven envió a su compañero, el lobo, a inspeccionar las inmediaciones del castillo. A esa hora, todo el mundo celebraría de una manera u otra la muerte de su padre. También, empezarían esa misma noche las luchas por el poder. Tenía que salvar a su hermano o temía que alguno de sus lores le asesinara para alzarse con el trono. El lobo regresó a su lado y la miró fijamente a los ojos. Adele acarició su cabeza, se sentó en el suelo y entonó las viejas palabras que la convertían en una de la manada. Cuando su cuerpo sufrió la transformación, la luna había desaparecido por la niebla y ella se adentró por un pasadizo que comunicaba directamente con el castillo. Su padre había sido un hombre precavido y lo construyó para huir si el enemigo invadía su fortaleza. Pocos conocían de su existencia y quiénes lo construyeron hacía tiempo que fueron masacrados para salvaguardar el secreto de Sirkan. 
Adele atravesó un oscuro corredor de laberínticos caminos construidos para perder al invasor. Gracias a su olfato no tuvo problemas en cruzarlo. El pasadizo conducía a una parte casi olvidada del castillo, la habitación de su madre. El rey había impedido a nadie adentrarse en ese cuarto cuando su madre murió, así que sus cosas aún se conservaban igual que entonces. Adele recuperó su forma humana, durante un instante sufrió el dolor propio de la transformación, un frío sudor cubrió su cuerpo y empezó a tiritar. Con esfuerzo se incorporó del suelo y buscó en los baúles de su madre algo con que tapar su desnudez. Encontró un vestido sencillo, sin adornos y de color gris. Se miró un instante en el polvoriento espejo y creyó ver a un espectro. Sus ojos destacaban aún más sobre su pálido rostro. Adele buscó una de las dagas que su padre gustaba de regalar a su madre y se la ajustó a la cintura.
—¡Lobo! Averigua si estamos solos –ordenó a su compañero.
El lobo se acercó a la puerta, Adele la abrió y el animal se adentró en la oscuridad del castillo. Un instante más tarde, un gruñido le advirtió a la joven de que su amigo había encontrado a un adversario. Desenvainó su daga y se dirigió hacia dónde se encontraba su compañero. 





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