jueves, 9 de febrero de 2012

ELLA




     Al abrir los ojos no supe sí dormía o estaba despierto. La sensación de opresión en el pecho me hizo comprender que no soñaba. Moví uno de mis brazos, pero fui incapaz. Pensé que había sufrido un accidente y estaba paralizado o peor aún, muerto. Aunque no podía ser cierta ninguna de las dos opciones porque sentía un hormigueo que avanzaba por mi pierna derecha. La sensación era acariciadora a la par que me aseguraba que vivía. Durante unos segundos no sentí nada, pero de una manera incomprensible para mí, el desasosiego dio paso a un alivio que ocupó por completo mi interior. A la vez, empecé a desesperar, no había ningún indicio de luz que me indicara dónde me encontraba y qué hacía allí, entonces, el miedo se apoderó de mí. Sí bien, no estaba muerto y tampoco inválido, cuál era el motivo por el que no movía mis extremidades. De pronto, recordé y el pánico acometió igual que un galeón pirata con las velas extendidas. Sabía qué me había ocurrido, agudicé los sentidos, ella no podía estar muy lejos, había notado su presencia en mi pierna derecha al inyectar su veneno. No debía hacer mucho de eso, los dolores no habían comenzado pero la parálisis era evidente en mi organismo. No podía dejarme arrastrar por el miedo, tenía que conseguir el antídoto. Disponía de quince minutos a partir del momento en que la inmovilidad me impidieran llegar al cajón de la mesa. Un nuevo cosquilleo en mi cadera izquierda hizo que mi transpiración empapara la camisa, el sudor bajaba por mi frente y el temor a que me inyectara una segunda cantidad de veneno me hacía ser cuidadoso. Arrastré mis piernas por el suelo y para ello me apoyé sobre los codos hasta llegar a la mesa. El esfuerzo me dejó exhausto. El amanecer mostraba una débil luz que entró por la ventana y me permitió verla. Ella recorrió mi cuerpo con rapidez hasta detenerse en mi pecho. Sus pequeños ojos me miraban con acusación. Le habíamos causado tanto dolor al experimentar con nuestros fármacos que ahora estaba furiosa. Era absurdo pensar algo así, ningún ser de esas características podría recordad, sin embargo, movía sus patas con una lentitud premeditada que me causó tanto miento que apenas sí respiraba. El dolor era cada vez más fuerte, miré el reloj de la pared y cuando fueran las diez estaría muerto. Con mucho esfuerzo hice un intento de llegar a ese cajón que me salvaría la vida, pero ella adivinó mis intenciones y levantó una de las patas en señal de amenaza. Su actitud me detuvo, el dolor era insoportable y, entonces, oí cómo el reloj marcaba las diez. 

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