domingo, 5 de febrero de 2012

La ventana





Nunca imaginé que un esguince me convertiría, al igual que James Stewart en la película «La ventana indiscreta», en un prisionero de mi propia casa. Y, también como a él, no sabía muy bien en qué ocupar mi tiempo. Aunque mi recuperación era más aburrida que la de James, ya que no tenía un vecino al que espiar y desde mi ventana tan sólo podía apreciar un cuadrado de baldosas marrones. Era la entrada de la casa y una gran puerta de hierro en color forjado era el acceso a la vivienda. Al entrar, primero encontrabas a mano derecha un arriate de hierba buena, para continuar con un banco de madera y terminar con otro arriate de romero y tomillo. La entrada disponía de varios escalones hasta llegar a la puerta principal. En mitad se encontraba ese cuadrado perfecto de baldosas marrones, dónde varios árboles frutales, entre los que había dos cerezos, un ciruelo y un níspero, habían perdido las hojas que caían diseminadas a sus pies. En el centro de ese cuadrado, existía otro de baldosas de pizarra de color negro, aunque su forma rectangular se asemejaba a una alfombra. Sobre la alfombra de pizarra había una gran maceta de piedra blanca en la que habían plantado una yuca que el sol obligaba a inclinarse un poco hacia la derecha. Al fondo, unas placas de metal de color del hierro forjado separaba el terreno del exterior. Giré mi silla de ruedas y miré el interior de mi habitación, una mesa de estilo victoriano ocupaba la mitad del salón, la habitación en la que me encontraba. Encima de la mesa tres fuentes de distinto tamaño de color esmeralda estaban colocadas en hilera. Sobre la mesa, dos lámparas con una tulipa de tela blanca y plisada colgadas a igual altura y a la misma distancia una de otra. Detrás un aparador, en el que había una lámpara de cristal y alpaca, de la que colgaban pequeñas lágrimas de cristal y que tenía una apariencia de estilo hindú. Al otro extremo del aparador un jarrón de madera oscura de origen africano en el que había una orquídea blanca. En la pared y sobre el aparador habían puesto un enorme cuadro cuyos personajes, dos mujeres y un niño de origen africano miraban un desierto. Miré el cuadro y me perdí en su paisaje, imaginé encontrarme allí, para eso sólo faltaban treinta días y una radiografía. 

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